¿Qué es la Inclusión?
¿Qué es la Inclusión?
La inclusión es un concepto fundamental en la sociedad moderna, que busca garantizar que todas las personas, independientemente de sus condiciones físicas, mentales, sociales o culturales, puedan ser "parte de" la comunidad y no permanezcan "separadas de" ella. Este enfoque implica que los sistemas establecidos, ya sean educativos, laborales o sociales, deben facilitar el acceso y la participación mutua, asegurando que las personas con discapacidades y sus familias puedan interactuar en igualdad de condiciones.
Principios de la Inclusión
El principal pilar de la inclusión radica en el reconocimiento de que todas las personas tienen habilidades y potenciales propios. A menudo, estas habilidades difieren de las de otros, lo que requiere respuestas variadas y adaptadas. La inclusión no solo busca igualar oportunidades sino mejorar la habilidad, la oportunidad y la dignidad de las personas desfavorecidas para que participen activamente en la sociedad.
Reflexiones del Marco Educativo
Según los documentos analizados, incluyendo el trabajo de Ministerio de Educación y la UNESCO, la inclusión educativa es vista como una estrategia integral para garantizar que todos los niños y adolescentes progresen en su desarrollo personal y educativo. La educación inclusiva es considerada la piedra angular para el desarrollo de una sociedad equitativa, respetuosa y diversa.
Hacia una Sociedad Inclusiva
La inclusión se manifiesta en múltiples ámbitos, tales como:
Educación: Identificar y responder a las necesidades de todos los estudiantes, promoviendo su participación activa en el aprendizaje.
Social: Integrar a personas de grupos marginados en la vida comunitaria.
Discapacidad: Ajustar entornos para asegurar la participación plena de todas las personas, independientemente de sus capacidades.
Financiera: Facilitar acceso a servicios financieros que respondan a las necesidades de todos.
Laboral: Asegurar que personas de cualquier condición puedan acceder a empleo digno y justo.
Digital: Reducir la brecha tecnológica para que todos puedan beneficiarse de la economía digital.
Hablemos de la inclusión para personas con discapacidad visual.
Inclusión es el término internacionalmente correcto para referirse hoy a las políticas públicas y acciones particulares que abarcan a colectivos tales como el de las personas con discapacidad.
Se ha seleccionado después de haberse utilizado otros tales como “ayuda”, “protección”, “integración”, “equiparación”.
Pero al igual que en otros casos, no alcanza con un cambio de palabras, para tornarlas eventualmente más amables y políticamente correctas, sino que este cambio terminológico intenta reflejar una evolución conceptual de mayor importancia.
Hay que ir de una perspectiva médica a una social
En primer lugar, implica mover el foco desde una perspectiva médica a otra social. Es decir, aunque esto todavía no resulte claro para muchos, dejar de considerar a la discapacidad como una enfermedad, para entenderla como una condición social.
Esto tiene algunas consecuencias interesantes en la práctica, porque si una persona está enferma, es necesario tomar acciones a fin de lograr su curación, recuperar la salud o revertir un proceso patológico.
Sin embargo, ante una persona con discapacidad, el Estado, la sociedad y ella misma, necesitarán tomar medidas con el objeto de garantizar el acceso igualitario a todos los canales y mecanismos de participación.
Las barreras
En segundo lugar, la discapacidad como tal, sin desconocerse ni mucho menos, adquiere su carácter de limitación no exclusivamente en función de la deficiencia física, sensorial o intelectual existente, sino sobre todo en proporción directa a las barreras que hay en diversos aspectos.
La sociedad no consigue eliminar e incluso, en muchas ocasiones, ni siquiera percibe como tales. A consecuencia de este nuevo paradigma, ya no se supone (o no se debería suponer) como antaño, que la persona con discapacidad tiene que adaptarse, con esfuerzos a menudo tan enormes como infructuosos, a las condiciones y reglas de una sociedad mayoritaria a la que “debe” integrarse como mejor pueda.
Por el contrario, desde esta perspectiva de inclusión se requiere ahora que la sociedad se abra, escuche, acoja, contenga.
Reconozca y derribe barreras, deje de marginar, incluya a quienes, recíprocamente, podrán así convertirse en ciudadanos activos, con todas las posibilidades, derechos y obligaciones que se derivan de ello.
¿Cuándo nos sentimos aislados y excluidos?
Más allá de estos conceptos generales, necesarios para comprender bien de lo que estamos hablando y ojalá útiles para repensar algunas ideas erróneas con las que nos hemos acostumbrado involuntariamente a convivir, quizás una forma más clara y vívida de entender la inclusión, puede venir de la mano de tomarnos un momento para pasar por nuestro corazón.
Para pensar en qué formas cotidianas una persona con discapacidad se siente aislada de sus pares humanos y por lo tanto excluida. Veamos solo algunos ejemplos:
Se hace referencia a nosotros por nuestra discapacidad, en lugar del nombre o forma corriente en que se hablaría de cualquier otra persona: “la ciega”, “la sorda”, “la tonta”, “la de la silla de ruedas”, “la pobrecita”.
También se habla de nuestra discapacidad con eufemismos destinados a negar lo innegable: “no-vidente”, “capacidades diferentes”, “ángel lleno de afectividad”.
Se evitan palabras de uso corriente eventualmente asociadas a nuestra deficiencia, por el temor infundado a lastimarnos.
El término “ver” cuando se habla o escribe a una persona ciega es un caso muy típico en este sentido. Si hablamos de una peli o serie que estamos viendo, es genial, porque del mismo modo suelo referirme a las que estoy siguiendo
Si al despedirnos me dices “nos vemos”, ¡no te apenes ni te asustes ni te agarres la cabeza! —sí, lo sé, aunque no te vea—.
Porque te entiendo, porque todos decimos “nos vemos” para compartir el deseo de encontrarnos pronto con alguien, y no que lo vamos a mirar nuevamente en algún momento.
¿Cuál es el problema? Tranquilo, que yo me estoy riendo por dentro al verte en apuros, y si te conozco poco, no te digo nada para que no te sientas más incómodo todavía.
Probablemente te responderé también con un “nos vemos” y una amplia sonrisa “súper casual”, confiando en que eso te devolverá la calma innecesariamente perdida.
¿Qué otras cosas vivimos en el día a día?
Se nos toca, agarra, empuja… sin haberlo solicitado ni permitido.
No se respeta nuestra privacidad: se eliminan distancias socialmente muy claras respecto de cualquier otra persona.
Y el acercamiento físico no solicitado ni autorizado se transforma o complementa con preguntas íntimas a viva voz sobre si tenemos pareja, si vivimos solos o acompañados, cómo hacemos tal o cual cosa…
Se le habla a la persona que nos acompaña, en vez de a nosotros. En un comercio, en la calle, en cualquier trámite o gestión particular o institucional.
Parece asumirse que nunca vamos de paseo por la calle con nuestra pareja, un amigo o amiga, sino que solo vamos acompañados porque necesitamos cuidadores.
Se nos mira con lástima o admiración fundadas en nuestra discapacidad, o se nos atribuyen defectos o cualidades “sobrenaturales” por la misma causa.
Se nos otorga un trato infantil, sobreprotector o condescendiente. A menudo bien visible a través del uso de diminutivos y tonos nada usuales para tratar a desconocidos sin discapacidad:
“Quédese quietita acá, que yo lo hago”, a una abogada con discapacidad que entra en un juzgado a poner o responder una demanda, o a un tribunal para participar en un juicio.
Se nos torna invisibles por miedo, prejuicios o indiferencia.
También se traslada a otras personas nuestra autonomía y responsabilidad por la propia vida.
Se presume lo que necesitamos o se ignoran nuestros deseos.
También se toman decisiones por nosotros o se nos imponen condiciones de vida basadas en una supuesta protección.
Cuando en realidad tales condiciones tienen como base el prejuicio y por objetivo la comodidad de quienes esto hacen.
Se nos trata como una carga o una especie de “mal inevitable” con el que hay que lidiar.
La exclusión duele y lastima
Genera en quien la padece, ira, angustia, tristeza y extrañamente también culpa y vergüenza.
Y no todas las personas —con y sin discapacidad— tenemos la misma fortaleza para mantener la paz y la serenidad que hacen falta para procesar estas emociones tan intensas y negativas.
¿Qué papel juega la empatía en todo esto?
Cuando con la mejor intención ayudamos o creemos ayudar a otro, cuando tomamos decisiones en función de lo que pensamos que ese otro merece o necesita, habitualmente lo hacemos con base a lo que los psicólogos llamamos empatía:
En simple y claro castellano: la posibilidad y disponibilidad para colocarnos en el lugar del otro, de sentir con el otro.
En un mundo que atenta permanentemente contra esta capacidad tan humana y nos propone con insistencia y antes que ninguna otra cosa resguardarnos, asegurarnos, encerrarnos, desconfiar.
¿Qué puedo hacer desde el lugar en el que estoy?
Si tienes un familiar, un compañero de trabajo, un vecino, un pasajero habitual en el mismo tren, metro o autobús… en fin.
La próxima vez que te encuentres con una persona con discapacidad, trata de imaginar cómo te sentirías tú si tuvieras las mismas limitaciones que él o ella, dedica un breve tiempo a esos pensamientos y luego, recuerda que ponerse en el lugar del otro no equivale a ocuparlo, usurparlo
Por lo tanto, tú no sabes qué es lo que esa persona quiere y necesita. Aunque creas sinceramente y con total seguridad que sí lo sabes porque claro, es lo que tú mismo necesitarías si no pudieras ver, caminar u oír.
La persona con discapacidad ha pasado por un duro proceso de duelo, reconstrucción y en muchos casos, de rehabilitación que ha modificado la perspectiva que ella misma tenía de su propia discapacidad antes de adquirirla.
Tú, afortunadamente, no has pasado por estas vivencias, pero todavía tienes algo mejor para relacionarte con esa persona con discapacidad: la condición humana que ambos comparten.
Pregúntate lo siguiente
Piensa entonces más bien si la ayuda que vas a dar, si las palabras o el silencio que vas a asumir, te ayudarían, te gustarían, te harían sentir mejor a ti mismo.
Pero tal como eres ahora, en tu situación actual. Simplemente pregúntale con honestidad y sin miedo si necesita ayuda o alguna otra cosa y en tal caso, cómo proporcionársela.
Las personas con discapacidad no queremos ni necesitamos ser objeto de protección, ayuda ni lástima. Nosotros queremos y necesitamos lo mismo que cualquier ser humano:
Deseamos fundamentalmente ser queridos, aspiramos a decir lo que pensamos, expresar lo que sentimos, gozar de nuestros derechos y cumplir las obligaciones que hayamos asumido. Tomar nuestras propias decisiones y, en resumen, ser sujetos activos de nuestra vida.
La empatía consciente y bien entendida amplía a mi juicio y lleva mucho más lejos el concepto de inclusión y lo reedita en clave de afecto, de humanidad, de respeto y cuidado amoroso recíproco.
“Si no hay empatía, no hay Inclusión”. “La Palabra Inclusión, se ve muy hermosa escrita, pero si solo la utilizas como sustantivo, sirve de adorno, conviértela en verbo = acción”.
Referencia bibliográfica:
- Inclusión. (s. f.). ¿qué es la inclusión? una mirada comprensiva a la diversidad y la participación. Inclusión MX.
https://www.inclusion.org.mx/nota?562
- Norma Toucedo. (10 de Mayo del 2021). Soy ciega, te explico cuál es la verdadera inclusión. Revista Vive.